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Un reencuentro con el alma en la cima del Everest

La mañana del domingo 24 de marzo de 2013 había comenzado fresca, aunque a Úrsula Ornella Díaz eso no le preocupaba mucho. Sus pensamientos estaban dirigidos hacia ese sueño que había surgido un tiempo atrás en Belén, Catamarca, y la llevaría a un reencuentro íntimo en la cumbre del Monte Everest, en Nepal.

Hacía algunas horas que había partido de Belén y no había tenido un descanso completo, sólo pequeñas siestas de a ratos en los diferentes transportes que la llevaron desde Catamarca hasta el aeropuerto de Ezeiza.

Mientras esperaba abordar el avión que la dejaría en París, sintió algo que no había experimentado desde su incursión por el Aconcagua: la falta del desayuno diario junto a su papá Paco, sus hermanos, Matías, Elías y Victoria y sus sobrinos Paula y Lisandro.

También el recuerdo de Mané, su mamá, afloró como todos los días desde aquella tarde de 1994 cuando la frase “en un rato vuelvo” se convirtió en una espera vana signada por la tragedia.

El Everest fue el primer objetivo que la llevaría tan lejos de sus seres queridos pero que, como paradoja, la acercaría a los recuerdos del alma que tanto necesitaba y el que le traería, como recompensa, un encuentro íntimo y espirirual con la creadora de sus días.

Úrsula, la primer mujer catamarqueña y segunda argentina en alcanzar la cima del Everest, enfrentaba esa mañana la primera etapa de un periplo de más de 18.000 kilómetros y algunos cambios culturales para llegar a su objetivo de 8.848 metros de altura en un país que le era extraño.

Ya en el vuelo, su mente recorrió las horas previas de entrenamiento y en los sacrificios para que su cuerpo pueda resistir el reto más importante de su vida. Estaba tranquila yendo al encuentro de la montaña, sabía que había cumplido con su parte y sólo restaba saber cómo la recibiría la montaña.

La idea de llegar a la cima del mundo fue gracias a un consejo y a una foto de la cumbre, nos dice quien caminó desde muy joven por los difíciles senderos de Los Seismiles catamarqueños y del propio Aconcagua.

“Un día, volviendo hacia Belén desde Catamarca miraba a Manchao, la cumbre principal de las Sierras de Ambato, y un amigo me dice ‘tenés que ir, este es el momento’. Llegada a casa, vi una foto del Espolón Hillary, la última etapa del Everest, que me habían regalado en Londres y eso me dedidió a comenzar con la empresa de escalarlo”, explica en la charla que mantuvimos en un bar de Belén, con la plaza y las sierras como telón de fondo.

“Mi sueño empezó a tejerse cada vez más, cada día que pasaba era una trama, hubo momentos difíciles, pero jamás me detuve, así llegó el día de partir hacia Katmandú”, recuerda, trazando un paralelismo entre su proeza y el trabajo de telares que da sustento a la localidad que la vio nacer.

Las calles de París no la encontraron sola. Además de la presencia física de Guillaume, un amigo que la ayudó a proveerse allí de equipos, Úrsula se sintió, además, acompañada por el aura de Mané.

“Al llegar al Arco del Triunfo pensé tanto en mamá y su sueño de conocer Paris”, rememora, y de sus palabras fluye algo que los presentes en la mesa ya intuíamos: “le dije; Má, sé que estás aquí caminando a mi lado, ahora es cuando quisiera que emprendas la otra parte de mi viaje, quisiera cumplir mi sueño”.

Katmandú, la ancestral capital de Nepal, se presentó ante sus ojos cuatro días más tarde que París, el 28 de marzo.

“Miré mi mapa, algo arrugado y entonces pude darme cuenta qué tan lejos estaba de mi tierra, aunque tan cerca de poder caminar sobre La Gran Diosa Madre”, comenta sobre su primera impresión de Nepal.

El 2 de abril, cerca de las cuatro de la mañana, el grupo de montañistas entre los que estaba Úrsula portando una bandera argentina, parte del hotel para tomar un vuelo de poco más de media hora a Lukla, la ciudad que sirve de puerta de entrada a la cima del mundo.

“En ese momento puse mi corazón y mi espíritu en manos de Dios y me dije ‘que sea lo que deba ser’”, dice y agrega que, luego de un suculento desayuno, se abrazó a la bandera y cantó unas estrofas del Himno Nacional frente a sus internacionales compañeros de expedición.

“Luego de entregar nuestro equipaje a los Sherpas, dimos inicio al trekking. Nos esperaban por delante varios kilómetros y días de marcha para llegar al campo base, con el que soñaba desde hacía mucho, muchísimo tiempo”, recuerda de ese día.

Ya desde el Campo Base, la montaña le iba a presentar su lado difícil, ese que la hace tan deseable y extrema, aún para los escaladores más experimentados. El grupo tuvo que enfrentar avalanchas y caídas de rocas que, por lo general, se daban por la noche, quitando parte del valioso sueño reparador.

“La pregunta ahí era ¿llegará hasta donde estamos nosotros?”, nos dice.

Además de las inclemencias del tiempo y los rugidos de la montaña, una comida muy diferente a las costumbres argentinas fue un desafío importante que la hizo optar en casi todo el camino a la cumbre por un plato único: chapati con huevo y miel, acompañado por té de jengibre. “El chapati es una especie de tortilla. Como me gusta mucho el pan, era lo más parecido que pude encontrar, porque ahí no se come pan”, explica.

Según su experiencia, las condiciones en el campamento tampoco fueron muy higiénicas, tanto por la cantidad de gente cohabitando como por el frío que se suele sentir en las tiendas de campaña tras una ducha caliente.

“Cuidaba mi salud, porque si me enfermaba ahí, no había otra respuesta que retornar y abandonar la expedición”, explica sobre una posibilidad que estaba muy lejos de sus planes.

El brillo de su mirada parece encenderse nuevamente cuando explica el especial momento que sólo el Everest pudo darle: superar su altura máxima, alcanzada en la cumbre del Aconcagua.

“Cuando llegué a los 7.300 metros, el 29 de abril, me di cuenta que era mi máxima altura en ese momento. Fue muy lindo porque llegué sin oxígeno y pasé una noche entera allí, me sentía fuerte, me sentía segura”, recuerda mientras revuelve una segunda taza de café.

Una fortaleza y una seguridad que pudieron haberle dado el bautismo que le realizara días atrás un lama tibetano o, tal vez, la omnipresencia de Mané que pareciera haberla acompañado desde la salida de Belén.

Úrsula dice que “aprendió a esperar” durante su experiencia en el Campo Base y explica esa experiencia.

“Descendí al Campo Base para oxigenar y poder descansar. Permanecí allí varios días y los disfruté mucho, porque me hice más amiga de los sherpas y aprovechaba y caminaba a otras montañas más pequeñas”.

Tras una espera que define como “interminable”, la llegada de buen tiempo le permitió abrirse camino hacia la meta, atravesando el Campo 2 con suelo de nieves blandas, para llegar al Campo 3 el 16 de mayo de 2013.

Al día siguiente, el grupo parte, a las 6 de la mañana, hasta al Campo 4, donde las tiendas fueron armadas en medio de un temporal que se desató a las dos de la tarde.

Úrsula nos cuenta que durante este trayecto vuelve a ver una ave que los acompañaba. “Sentía que esa ave me acompañaba en toda la expedición”, dice.

A las 20.40 del 17 de mayo, junto a 88 personas, inicia su tramo final hacia la cumbre, en medio de fuertes vientos.

“Había grietas, una ráfaga de viento me tiró y tuve que gatear un trecho hasta que por fin pude levantarme”, comenta sobre el momento más fuerte de su escalada, donde una simple cuerda resultó ser protagonista principal. “Nunca me solté de esa cuerda que me ataba a la vida y al sueño”, recuerda.

A los 8.400 metros, a una nada de la cumbre, otro percance pondría a prueba su templanza. Greg, su compañero de escalada, lanzó un rotundo “no doy más”, por lo que los poco más de 400 metros restantes debió recorrerlos sin alguien de confianza a su lado.

Confiesa que allí fue la primera vez que sintió temor. Allí volvió a escuchar la voz de su madre y cuenta que también sintió su abrazo.

El Espolón Hillary estaba ya ahí y la encuentra aferrada a las cuerdas y al recuerdo de Mané.

“Cuando vi los colores de las banderitas tibetanas, las lágrimas ya no pudieron quedarse más adentro mío y ya no me importaba que se congelaran”, rememora.

“Quedaron ahí mucha pena y mucho dolor. A cambio me traje mucha alegría y mucha plenitud, mucha vida y, por sobre todo, el último abrazo de mi madre, que lo tenía ausente, y la dejé ir”.

El 18 de mayo de 2013, Úrsula Ornella Díaz estuvo de pie en la cima del mundo y logró la paz con sus recuerdos. Compartió ese momento con Mané, buscando -y recibiendo- el abrazo y la aprobación que tanto necesitaba desde aquella mañana en que quedó esperando la vuelta a casa de su madre.

Para Latitud2000.com:  Marcelo Foresti – Producción periodística: Karen Apaza Flores

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